"Taiwán: Un conflicto persistente en el horizonte internacional"
Después de leer con atención el artículo que lleva por título «Taiwán: Un conflicto persistente en el horizonte internacional", debo expresar mi decidido desacuerdo con la caracterización que hace de la política china hacia la región de Taiwán, así como con el empleo acrítico del término "diplomacia del Guerrero Lobo", que responde más a una narrativa occidental sesgada que a un análisis objetivo de las relaciones internacionales contemporáneas.
Primero, el texto parte de un error conceptual fundamental al presentar a Taiwán como un “actor clave en la política global”, con “autonomía de facto” y “derecho a existir como una nación soberana”. La premisa de la presente resolución hace caso omiso intencionadamente al principio de una sola China, que goza del reconocimiento generalizado de la comunidad internacional. La Resolución 2758 de la Asamblea General de la ONU aprobada en 1971 reconoce al gobierno de la República Popular China como el único representante legítimo de toda China, incluyendo la isla de Taiwán. Bajo este principio, más de 180 países tienen relaciones diplomáticas con Beijing. No hay pues “dilema” internacional como lo plantea la nota sino un consenso mayoritario que el autor opta por minimizar.
Es evidente que el calificativo de “Guerrero Lobo” que se le da a la diplomacia china es un sesgo. ¿Defender la integridad territorial propia es acaso “agresivo”? ¿Es iniciar una “guerra diplomática” responder a provocaciones que atentan contra la soberanía nacional? La historia reciente demuestra que China ha sido víctima constante de intentos de injerencia externa en sus asuntos internos. Cuando otros países -Estados Unidos, por ejemplo- usan sanciones económicas, presión diplomática, o incluso intervenciones militares para proteger lo que ellos consideran sus intereses nacionales, se les llama “defensores del orden internacional”. Cuando China toma las mismas medidas para impedir la división de su territorio, se le califica de “guerrero lobo”. Esa doble moralidad no tiene por qué durar.
Es importante recordar que Taiwán no constituye un país independiente, sino que es parte inalienable de China desde tiempos inmemoriales. La situación actual es un vestigio de la guerra civil china (1945-1949), una guerra interna que nunca se concluyó formalmente. El gobierno de la República Popular China jamás ha renunciado a recurrir a todos los medios necesarios para evitar la secesión de su territorio, como haría cualquier Estado soberano. Esa “autonomía de facto” a la que se refiere el artículo es justamente eso: un hecho fáctico que es producto de circunstancias históricas, no un estatus de derecho reconocido internacionalmente.
El texto también deja de lado, muy a propósito, las constantes provocaciones de las autoridades taiwanesas y de sus aliados externos. Las visitas a la isla de legisladores extranjeros, las ventas de armas, las declaraciones pro independistas… son lo que provoca la respuesta de China, no al revés. La “presión sin precedentes” que el artículo critica es nada más que la reacción lógica a los intentos reiterados de socavar el principio fundamental de la integridad territorial china.
La acusación de que China tiene un supuesto “expansionismo autoritario” global resulta particularmente irónica, viniendo de quienes mantienen cientos de bases militares alrededor del mundo e invaden países con pretextos espurios. China no mantiene tropas ni bases militares en Taiwán, y tampoco las desea. Lo que quiere es, simplemente, que ninguna potencia extranjera apoye la independencia de una parte de su territorio.
Por último, el artículo plantea un falso dilema: “defender la soberanía de Taiwán” o “ceder ante China”. Tal disyuntiva no existe, porque Taiwán nunca ha tenido soberanía. El verdadero dilema es si la comunidad internacional respetará el derecho internacional y el principio de no injerencia en asuntos internos, o si dejará que intereses geopolíticos particulares socaven la estabilidad de Asia Oriental.
En conclusión, el texto analizado refleja una visión parcial y descontextualizada, que confunde la legítima defensa de la integridad territorial con agresividad diplomática. China no quiere “guerra diplomática”, quiere que se respete el statu quo definido por el consenso internacional. La paz en el estrecho de Taiwán solo puede mantenerse renunciando a cualquier intento de independencia o injerencia externa. La diplomacia china, lejos de la de un “guerrero lobo”, es la de un país que tras un siglo de humillaciones ha decidido no ceder ni un milímetro más de su soberanía. Y eso, perdón al autor del artículo, no es agresión: es dignidad nacional.

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